Sólo quedamos vero y yo. Todo el resto de alemanes* se han ido dormir. Hoy hemos tenido función de cine a la que ha venido bastante gente y se han quedado hasta tarde. También los alemanes parecen contentos. Hemos comprado unas cuatro botellas de vino para la cena pero nadie tenía ganas de beber y han sobrado la mitad. Asi que Vero y yo decidimos acompañarnos con las botellas a la Plaza de Armas y ver qué ocurre en esta fría noche. Sólo un bar está abierto, el mismo donde antes hemos comprado el vino. Corrijo: no es exactamente un bar, es más bien una licorería con dos mesas y unas pocas sillas. Un grupo de parroquianos tocan baladas con una guitarra mientras alzan sus vasos de cerveza. Vero y yo conversamos de cualquier cosa cuando por la puerta aparece un gringo con una chaqueta con bordados chinos, un sombrero que parece de pelo de llama y un bolso con dibujos shipibos** por el que asoman hierbaluisa, romero, hierbabuena y una pequeña botella. Le pregunto donde ha comprado esa chaqueta. Me dice que la robó en un WallMart en Wisconsin, de donde es. Dice que seguramente unas pequeñas manos chinas hayan hecho esa chaqueta e invadido por el espíritu de Robin Hood decidió robarla, como una pequeña acción antisistema. Masca constantemente una pelota de coca y cada cierto tiempo se rocía las manos con agua florida, una mezcla personal de pimienta, romero y alguna planta más que me perdí de su enumeración. El olor invade la parroquia. De ahí en adelante, se sienta con nosotros y empieza a conversar. He aqui su relato.

Su nombre es Nicolás. Llegó a Perú hace 1 año y medio de Wisconsin y recaló directamente en Iquitos, en plena selva amazónica. Ahí se introdujo en diversas comunidades shipibas y decidió convertirse en aprendiz de chamán y estudiar la ayahuasca. Ahora está en Urubamba para ver a unos amigos y encontrarse con otros chamanes para continuar su aprendizaje.
Hace apenas un mes salió de la ciudad de Iquitos. Vivía con su novia y su familia en una humilde casa en el centro. Resume su relación como un intercambio en el cual la familia le daba cobijo y alimento y él a cambio les compraba cosas, objetos que siempre habían ansiado pero nunca tuvieron dinero para hacerlo. Empezó con inocentes detalles como reparaciones de aparatos eléctricos. Con el tiempo las reparaciones fueron demasiado caras y acabó reemplazando los electrodomésticos por otros nuevos. A él no le costaba tanto dinero al fin y al cabo. Había estado ahorrando bastante dinero americano en pluriempleos con el propósito de establecerse sin apuros económicos en Perú. Por lo que consideraba que el dinero que se ahorraba en hospedaje podía gastarlo en obras benéficas. Además, era la familia de su novia. La quería. A decir verdad, la quería mucho y siempre se sorprendió que una persona se ganara tan rápido su corazón. Nunca antes el amor se había asentado de una manera tan firme en tan escaso tiempo. Pero al fin y al cabo estaba en Perú y todo puede ser posible.
Mientras el amor crecía en su interior, sus estudios de la ayahuasca se fueron desarrollando. Convivir con la familia le permitía mejorar su rudimentario castellano siendo cada vez más fluído. Se adentraba en comunidades shipibas a dos días en barco desde Iquitos y compartía conocimientos con los curanderos y chamanes. No sólo estudiaba la ayahuasca, sino el estudio de las plantas medicinales en general. Estudió la anciana sabiduría inca, la alquimia de la selva, la magia blanca y la negra, estudiaba cada alimento que consumía, probaba a recetarse sus propias medicinas naturales, creaba infusiones…

Nicolas interrumpe de pronto su relato. Los parroquianos cantan cada vez más alto y uno de ellos saca a bailar a Vero sin que ella apenas pueda resistirse. El resto se une a nosotros con la esperanza de acompañarlos en el estribillo. Aprovecho para comprar otra botella de vino. Vino chileno: Concha y Toro, a buen precio y no mal sabor. Cuando hay más dinero, un Casillero del Diablo. Nicolas está parado en el marco de la puerta, mirada perdida en la plaza silenciosa. Le acerco el vino y sigue su relato.

Un buen día un amigo le invitó a pasar unos días en su casa, a varios días en barco desde Iquitos. Le pareció que separarse unos días de su novia y de la familia podría hacerle bien. Últimamente notaba que las compras se producían con más asiduidad y de manera más violenta. Ya no le agradecían como antes, ya no les causaba tanta vergüenza que un extranjero les avasallara a regalos y reparaciones. Por el contrario, le exigían cierta responsabilidad con la familia, obligándole no sólo a comprar regalos a cada miembro sin excepción, sino también alimentos y otros productos básicos. Estaba bien hacerlo de vez en cuando, pero ahora pasaba a ser algo rutinario como misa de domingo. Mientras sus responsabilidades con el hogar crecían, sus estudios e investigaciones en plantas medicinales se iban reduciendo. Había dejado de asistir con regularidad a las ceremonias con su maestro chamán. Amigos y compañeros le extrañaban, pasaba horas en la casa, cuidando de cada miembro de la familia. Por un lado podía experimentar con ellos ciertas infusiones y remedios caseros. Pero sus conocimientos parecían haberse estancado. La chispa de la duda saltó en la cabeza de Nicolas: sentía que no había sacrificado tantas cosas en Wisconsin para estar todo el día comprando regalos a una familia de Perú.
La noticia de alejarse unos días para visitar a un amigo no cayó bien en el seno familiar. Su novia se encerró en su cuarto toda la noche, los padres tacharon la idea de poco apropiada y decidieron aplazar la decisión a más adelante sin darle opción alguna a que expusiera sus argumentos. Todos pensaron que era un burdo plan para escaparse y no volver. Contaban como en otras familias ya se había dado el caso de hijos que abandonaban a sus padres corrompiendo el hogar que lo crió. Le tacharon de ingrato, de no saber ver cuanto había sacrificado la familia por él, de que por su culpa iban a ser el hazmereir de todo el vecindario. La madre comenzó a llorar desconsoladamente mientras el padre lo animaba a marcharse ahora que había conseguido su verdadero propósito: sembrar el miedo. A Nicolas le parecía estar inmerso en el guión de una telenovela, una de esas que veía algunos domingos con toda la familia y que había intercambiado por su ritual ceremonia de ayahuasca. Perplejo por el resultado de su noticia, Nicolas decidió aplazar su viaje hasta que todo se calmara. No comprendía de donde procedía tanto miedo y angustia familiar. Su vocación medicinal hizo que sintiera compasión y quiso ayudarlos con más remedios y cuantos otros ungüentos naturales se le ocurría. Nicolas percibía que alguna fuerza oculta les hacía pensar y actuar de aquella manera y eso le dio a él fuerza para quedarse, pues sentía que las plantas eran mejor método de curación que la compra de una nueva licuadora.
Al cabo de unos días y con la paz renovada, Nicolas reincidió en su deseo de viajar y visitar a su amigo. La reacción esta vez fue exactamente la contraria. El drama se cambió por respuestas frías y desalentadoras y un consejo en letra mayúscula del padre: si te vas, te arrepentirás; existen numerosos peligros contra los que no estás preparado; y quizás para cuando vuelvas, si es que lo consigues, ya no estemos para recibirte. Nicolas percibía que quizás nunca iba a contar con el apoyo de la familia para su misión. Aun así, decidió aplazar su viaje de nuevo y dejar que el tiempo les demostrara su compromiso con la familia.
De vez en cuando algún amigo iba a visitarle a la casa familiar para saber cómo estaba. Inmerso en su tarea de sanación emocional, apenas veía la luz del sol. Todos sus amigos le avisaban del error que cometía. Pero lo que de verdad molestaba a Nicolas, independientemente de lo que pudieran decirle, era haber perdido el contacto con su vocación de estudiar la ayahuasca. Alejado de todo eso, Nicolas se cuestionaba si debía volver a Wisconsin y olvidar todo cuanto había vivido hasta entonces. Acabar con una pesadilla que duraba demasiado.
Un día soleado sale al mercado a comprar ciertas plantas y semillas medicinales. Y mientras salía con una bolsa llena de verduras y legumbres paró un momento a respirar la brisa de la plaza central de Iquitos. Miró a su alrededor. Llevaba un año viviendo en Perú y apenas conocía más allá de los límites de la ciudad. Comenzó a caminar en dirección a la avenida principal que conectaba directamente con el puerto. En el bolsillo tenía dinero como para comprar un pasaje de ida y vuelta hasta una comunidad cercana, situada a una hora de Iquitos en barco. En el puerto anunciaron la salida inmediata de un barco en esa dirección y antes de comprar un billete observó cuidadosamente a su alrededor, a ver si reconocía alguna cara que pudiera delatarlo frente a la familia de su novia. A nadie parecía importarle lo más mínimo su presencia, y eso fue como respirar una bocanada de aire fresco. Sacó un mango de la bolsa, se sentó en el único lugar que había libre y respiró. Respiró larga y profundamente.
Al poco de haber zarpado un fuerte dolor estomacal se apodera de él. Contrariamente a lo que suele ocurrir, no basta con ir al baño. Esta vez no parece ser un alimento en mal estado, una fruta mal lavada, sino que los retortijones parecen venir de un lugar más profundo, un lugar sellado e imposible de acceder. El temblor comienza a manifestarse: primero en sus manos, secas y rígidas, imposibles de otogarles un movimiento coherente; luego se comunican pausadamente a los brazos y de ahí crece progresivamente en forma de retorcimiento de la columna vertebral. Por un momento todo el cuerpo de Nicolas se enraiza, petrificándose y retorciéndose como las ramas de un árbol en el desierto en busca de agua. Con los pulmones vacíos, el corazón deshidratado, el pulso se acelera, la respiración se le entrecorta y su cuello, empujado por el hilo de un tirititero se retuerce como un automáta en dirección al puerto de Iquitos. Y de ahi: “lo único que recuerdo es un golpe opaco, como dos troncos de madera que chocan sin producirse daño alguno. Al día siguiente estaba de nuevo en la casa de mi novia, lleno de energía y salud como si nada hubiera pasado” dice Nicolas mientras bebe del Concha y Toro, la mirada alejada.

La licorería va a cerrar y nos movemos a la plaza de Armas de Urubamba. Son las 02:30 de la madrugada. Los parroquianos se acercan a nosotros con ganas de probar el vino pero les decimos que ya no nos queda. Nicolas tiene una botella que ha comprado antes de salir y todos la reclaman como propia. Ninguno quiere irse sin vino y sin un último baile con Vero. La ceguera del alcohol no les hacce ver que están siendo muy molestos. Sólo uno de ellos parece adevertir a los demás la importancia de tratar bien al gringo. Vero me mira con cara de preocupación: “soy la única chica de este grupo, y estos nos no saben lo que hacen…vámonos”.
Salimos rumbo al hotel. En mi habitación sobra una cama y Nicolas acepta la invitación, pero antes paramos en un puesto de la calle para comer algo que parece una hamburguesa de pollo. Siempre que puedo me escapo con Vero y Laly para comer en aquellos lugares donde el sentido de la correcta higiene de un alemán jamás le llevaría. Dentro del hotel, continúa el relato.

Nicolas jamás había padecido el ataque de una fuerza tan avasalladora y sin compasión alguna, capaz de aniquilar su conciencia en cuestión de segundos. Ha sido la única vez que ha percibido cómo es cuando la vida abandona tu cuerpo, olvidado a la intemperie de la muerte. Especialmente si el sujeto es alguien que con el estudio de la ayahuasca está acostumbrado a explorar los límites de su cuerpo, entre la vida y la muerte. Sin embargo lo que le sorprendió especialmente fue la rápida recuperación: de la misma manera que la enfermedad tomo posesión de él en el barco, ésta le liberó una vez aterrizó de nuevo en el hogar.
En el seno familiar reinaba una felicidad y tranquilidad impensable en los anteriores días. Nicolas pensó que su frustado intento de escape destrozaría por completo su vínculo con su novia y familiares. Mas al contrario, no hizo si no reforzar y enriquecer su unión. Todos los días por la mañana y a la tarde le daban una infusión que en todo el año solo recordaba haberla tomado una vez y fue cuando recién de conocer a su novia se presentaba a sus padres. Era una infusión que según decían debía tomarla para recuperarse del ataque. Su curiosidad médica le obligaba a preguntar qué tipo de planta era aquella que nunca había visto antes, pero nunca le dijeron el nombre. Solo afirmaban que era un privilegiado por poder tomarla ya que apenas se encontraba o resultaba excesivamente cara. De nuevo, Nicolas estaba cenando en la mesa de la casa que tan bien conocía, tratando de mitigar la pena que le invadía. El miedo de volver a salir y padecer otro ataque era tal que prefirió la condena carcelaria de ser uno más de la familia.
En el hospital nunca le supieron decir qué podría haber sido. Le realizaron varios exámenes clínicos que solo confirmaron que estaba entre tres o cuatro posibles enfermedades, cada cual más hipotética. Siempre iba acompanado por toda la familia, ya que no querían dejarlo solo en el estado en el que se encontraba. Y cada hipótesis nueva que aparecía tras cada resultado de examen no hacía sino confirmar a la familia de su novia que gracias a ellos podia seguir con vida. Pero Nicolas nunca confió en los métodos de la medicina occidental y decidió ir al único lugar donde podía ser sanado: su maestro curandero y chamán.
Tuvo que mentir a la familia alegando que tenía que recoger unos resultados del hospital, algo muy rutinario, y que no era necesario que lo acompañaran. Encontrarse de nuevo con él fue como renacer. No tardó apenas un segundo en adivinar el motivo de su visita. Estaba al corriente de todo, a pesar de que llevaban varios meses sin verse. Nicolas se desahogó, reventó, le contó todo con todo detalle, lloró se recuperó y volvió a llorar. El silencio tras el final de su historia fue sanador. Se había olvidado de cuanto duele amarrar las penas. Su maestro escuchó con esa paciencia milenaria que solo los maestros son capaces. Una vez terminado le contó que había sido envenenado con la planta del amor, un producto muy utilizado por la brujería negra. Es algo muy común entre los iquiteños que no quieren desprenderse de algún gringo que cazan y que usan siempre de manera preventiva, si bien puede resultar ser mortal.
Esa misma tarde su maestro le preparó una infusión y juntos celebraron un ritual de limpieza. Le dejó alguna prenda, algo de dinero y le embarcó en un avión a Lima sin parada en la casa de su novia. A la medianoche, Nicolas estaba sobrevolando el cielo de Lima con una sensación de bienestar como nunca antes había experimentado desde que llegara hace un año a Perú.

“No entiendo como algo que sirve para sanar enfermedades, que nace con la vocación de realizar el bien pueda ser usado a la vez para realizar tanto daño”, concluye Nicolas.

Son casi las 06:00 de la mañana y la luz empieza a transformar el espacio de la habitación. Los alemanes vendrán a despertarme en un par de horas para seguir con el plan del viaje. Estamos vivos, eso es lo importante, dice Nicolas mientras se apodera de la cama libre. Yo me quedo mirando el techo y un escalofrío recorre mi cuerpo.

*los alemanes a los que me refieron son parte de un proyecto en el que participo junto con nómadas y que básicamente se dedica a realizar talleres de documentales para jóvenes y funciones de cine. Para más info: http://www.cinecita.org

** los shipibo son una comunidad indígena muy poblada que se caracteriza por vivir en la selva amazónica del norte de Perú. Son conocidos a su vez por encontrar entre sus tradiciones el uso de la ayahuasca entre otras miles de plantas medicinales.

Un comentario en “Urubamba, 23:00 hrs

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