La noche me sirve de sábana, no me falta más ná

Durante mi estancia con los Cinecitas (los alemanes con los que viajé durante noviembre y diciembre) hicimos una función en Copacabana. Ahí conocimos a una chica española de nombre Ana. Iba camino de Chile en busca de su hijo, al que no veía desde hacía 15 días. En el momento supuso una persona más, alguien más en el camino.

Casi tres meses más tarde me encuentro con los Nómadas en Vilcabamba, Ecuador. Estoy grabando con Tere y Luna las imágenes que proyectaremos luego durante la función. Hemos ido a dos colegios, es mediodía y damos por concluído el trabajo hasta después del almuerzo. En una esquina de la plaza principal, Luna está comprando unas empanadillas a una chica argentina. Las grabo un poco. Leonor, una chica joven de acento argentino, me pregunta por la cámara, por el trabajo que hacemos con nómadas, y yo a su vez le pregunto qué hace, de dónde viene, a dónde va. Dice que vive en una casita de un gringo que se fue y le dejó la casa a un francés y su pareja española. Ahí viven todos juntos además de con su pareja, Zampa, quien aparece al rato con otra canasta repleta de empanadillas todavia calientes. Es raro encontrarse en Ecuador con semejante calidad de empanadas: una masa cubierta con granos de linaza, rellena de cebolla, espinaca y tomate. Aunque quizás lo más raro es que no lleva carne. Leonor me invita a un tallercito que va a hacer en su casa de fotografía estenopeica, el día después que se vayan los Nómadas y yo quede abandonado a mi suerte. No tengo idea de a qué se refiere, pero suena interesante. Todo suena ahora interesante.

Nos despedimos y cruzo la calle. Ahí me encuentro con una chica de unos 28 años, morena, hermosa como el diablo, enganchada a su hijo rubio y a un hombre de aspecto francés, grande, fuerte, de rostro parecido a Javier Bardem. La chica me saluda. Es Ana, de Copacabana. Ana y su sonrisa gigante. Ana y su hijo rubio. Me habla de Cinecita, de Copacabana, de cómo se puso a llorar cuando pasamos el videoclip de los niños de Bolivia que le dedicaban una canción a su madre en clave de hip-hop…Sonríe, mira a su hijo. Le hablo de la función de hoy a la tarde y nos despedimos prometiéndonos volver a vernos.

Dos días más tarde me encuentro escribiendo estas líneas en casa de Ana, León, su novio francés, Leonor y Zampa, la pareja argentina, Marcela, una chilena socióloga y Hugo y Amondin, una pareja francesa.

Ayer fabriqué mi cámara estenopeica con Leonor y Zampa, hoy he hecho baguettes rellenas de ajo y queso con Ana, croissants y panes con chocolate con León, he aprendido a coser a máquina gracias a Amondin, y me he despertado saludando al sol con Hugo. La casa está situada a las afueras de Vilcabamba, en lo alto de un cerro desde donde se ve todo el valle. Son dos casas: una sirve de dormitorio a Ana, Leon y su hijo. En la otra estamos los demás, y es donde está el salón, la cocina y el baño. Tienen agua que pagan y la luz la pinchan del poste eléctrico. Una hamaca colgada del patio sirve de lugar de siestas y reunión. El machete de León, clavado en una viga del patio, da sombra sobre el monociclo de Ana. Duermo sobre un colchoncito en el salón, la luz matutina me despierta sin vergüenza. Preparo café de filtro. Enciendo un puchito de tabaco local, sembrado y recogido por los viejitos eternamente jóvenes. Me dan ganas de cagar.

Vilcabamba se ha hecho famoso por su agua, supuestamente con efectos curativos y que retrasan el proceso de envejecimiento. Muchos gringos invierten comprando fuentes de agua o terrenos donde construyen casas, hoteles y spas y que luego venden en Estados Unidos al doble de su valor. Muchos de ellos viven en comunidades sin contacto con la gente local, autoproduciéndose y sin interés en aprender una pizca de español. Todo un ejemplo de convivencia capitalista e imperialista. También dicen que con el 2012 y el cambio de año azteca el mundo entero se destruirá salvo algunos pocos lugares y Vilcabamba será uno de ellos. Por eso, en un acto de amor espontaneo y universal, algunos pocos gringos se están comprando todos los terrenos disponibles aqui.

Ana me recuerda a Aurora, tiene ese halo de madre natural, como si su espíritu encontrara en ese rol la armonía universal. Siempre sonríe, siempre bien. Es de Moratalaz, lleva seis años fuera de España, se dedica al circo y ahora a criar su hijo, Arún, tres años y tan despierto que ya le da mordiscos a la vida. León es como su nombre suena. Prepara croissants como un bailarín de tango sobre la pista de baile. Sus movimientos tanto con el rodillo como con el machete son rápidos y enérgicos, precisos, sin falla alguna. Encajaría perfectamente en uno de esos programas de National Geographic, en los que una persona sobrevive a todo tipo de situaciones salvajes con un palo, una cuerda y un chicle. Ayer me enseñó a hacer un fogón para cocinar con una lata de refresco y alcohol de quemar. En la puerta de su casa preside una bicicleta con un motor añadido que compró en Colombia por 300 dolares. Con ella se ha recorrido todo centroamérica. Cuando le pregunto cómo llegó a sudaméricama, me contesta tranquilo que es el último continente que le faltaba por visitar. Leonor y Zampa llevan dos años viajando e impartiendo talleres de fotografía a la voluntad. En su pasaporte, sellos de Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela. Sus caras de duendes, me recuerdan a Gelsomina y Zampanó, de “La Strada” de Fellini. Hugo y Amondin, viajan desde hace cuatro meses por Venezuela, Colombia y Ecuador. Hasta ahora iban en un camioncito en el que viajaban y dormían. Cruzando por Venezuela se encontraron con Leonor y Zampa haciendo autostop y viajaron juntos varios días. Un buen día Hugo decidió abandonar el camión tras comprobar que había pasado más tiempo en todos los talleres de Colombia habidos y por haber que viendo el paisaje. Hugo ha recorrido medio globo,talando árboles en Canadá a hectárea por día, como técnico de sonido de gira por Chile de una banda punk de Bilbao (Josu Distorsión y los del Puente Romano), como rescatistas de ski en los Alpes franceses, es campeón regional de parapente y sigue tachando una larga lista de montañas que le faltan por escalar.

Y yo.

Uno se siente tan pequeño aquí.

En esta casa el tiempo se detiene. Supongo que por eso me es imposible determinar la edad que tienen. Todos comparten todo y trabajan compenetrados. Unos preparan el almuerzo, otros limpian, otros venden pan y con ese dinero compran más alimentos. La comida se convierte en lo fundamental, en ritual que unifica e iguala. Los platos se sirven con espontánea medida, con igualdad comunista. Todos sonríen, contentos con su porción de alimento diario. Nadie parece pedirle a la vida nada más de lo que tienen. Bueno, algo así: que allá donde estén, tengan suerte en el camino.

PAN RELLENO (empanadas vegetales de Leonor y Zampa)

Para la masa:

1 kilo de harina

1 cucharada de sal

2 cucharadas de aceite (o manteca de chancho o vegetal)

1/2 litro de agua

Una cucharada de levadura

Una cucharadita de azúcar

Semillas de linaza

En un balde se pone el agua tibia junto con el azúcar y la levadura y se espera a que la levadura rehaga grumos. En otro balde se mezcla lo demás y se va añadiendo el agua con todo. Se deja reposar un día y se tapa con un paño.

Para el relleno:

Espinacas

Acelgas

Cebolla

Pimiento

Huevo hervido

Maíz hervido

Queso

Ajo

Se cocinan todos estos alimentos. Con la masa se hacen circulos del tamaño de un cuenco. Se rellenan y al horno.

BON APPETIT !!

Un comentario en “EN EL CAMINO (I)

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