2.

Hoy he preparado para cenar tortilla de patata. Desde que estoy aquí he depurado mi técnica, porque en España hice una o dos en 26 años. Aquí las 5 o 6 veces que he podido acceder a una cocina con libertad he preparado sólo tortilla. Esta vez creo que es la mejor que he hecho hasta la fecha. Para América somos tortillas de papa andantes, que conviene recordar, la papa se la robamos, como todo lo demás, y añadiendo unos simples pocos de huevos la convertimos en patrimonio nacional. Por eso en cada tortilla doy lo mejor de mí…

Ayer preparamos Ana y yo paella. Con el pescado que nos colaboraron las mamitas en el mercado hicimos un caldo y le añadimos los 10 camarones que teníamos. Al final lo único que tenía de paella era el caldo, no había ningún bicho, ni paellera,…el arroz me quedó crudo por los lados…he fallado como español.

Por cierto que en Perú tienen un plato parecido a la paella llamada arroz con mariscos. Nadie sabe decir todavía a ciencia cierta cual es la original y cual la copia…

3.

Ya no importa la fecha que es, no anoto los días ni el mes. Sigo en Vilcabamba, enamorado de sus paisajes y personajes. Me acuerdo de Hans, el viajero sin rumbo de la última novela que leí, que quedó atrapado en la ciudad de Wandernburgo sin saber por qué. Los días van pasando con ritmo cíclico, sin acelerones, cada día surge una actividad que nos mantiene a todos ocupados. Hoy es lunes y nadie tiene que madrugar para ir trabajar; nadie tiene que tomar el metro, ni que correr porque llega tarde a alguna cita. Hoy Leonor cose, Marcela estudia un libro y hace anotaciones en su cuaderno de viaje; León teje otra pulsera, Mauri prepara pan integral en el horno y Amondin y Hugo se van a pasear por la montaña. Ana juega con Arum a hacer animalitos de plastilina y Zampa, machete en mano, limpia la entrada de malas hierbas. Todos aprendemos de todos, todos se alimentan de lo que hacen. Ayer a la noche lo hablé brevemente con Leonor. Aquí trabajamos para nosotros mismos, sin patrón, sin ambiguas jerarquías que nos ordenen qué hacer, sin puestos de trabajo que nos digan qué somos. A golpe de nuestra propia rutina, somos como un cuerpo que trabaja para el conjunto, sin nadie que destaque, sin envidias ni recelos.

Ayer fui a dar un paseo matutino por la montaña hasta llegar a una pequeña cascada donde me bañé. Al mediodía estaba hambriento, tras seis horas de caminata y caí por el restaurante con el menú más barato. Hace días que no como carne y se siente bien. En una mesa estaba Javi, un antiguo inquilino de la casa, natural de Barcelona. Estuvimos hablando de nuestros orígenes, de cómo nos educan para acumular riquezas que luego nunca podemos disfrutar porque tenemos que pagar innumerables facturas. Él toca el didgeridoo para sacar el alimento de cada día. Esa mañana había sacado cuatro dólares con los que puede almorzar y cenar, tomarse un café a la tarde y acompañarlo con un par de cigarrillos. ¿Para qué más?. Tengo toda la tarde libre para dedicarme a leer, a escribir, o a lo que quiera, dice sonriendo. La conversación deriva por muchos lados. En uno de ellos hablamos de las discotecas, de cómo la gente no va a bailar si no a un desfile de modas patrocinado por Cristianos Ronaldos y Shakiras. Me vienen recuerdos de aquellas noches. Recuerdo que muchos días me encerraba en mi cuarto, a pensar obsesivamente en algo que estuviera trabajando y al caer la noche necesitaba desfogarme. En mi círculo de amigos bromeábamos con que todos teníamos a una pequeña bestia en nuestro interior que nos empujaba cada noche a emborracharnos y buscar a una presa que llevarnos a la cama. Era la bestia quien quería drogarse, quería gritar y armar un escándalo, cantar junto a los borrachos, meterse en la profundidad de las cloacas de Madrid, codearse entre las ratas, oler nuestros propios excrementos.

Hace tiempo que no siento la llamada de la bestia. Ya no tengo que alimentarla porque acá no tiene oportunidad ninguna de salir, no le doy motivos. Acá hay luz, incluso de noche.

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