Buen día para ir al mercado a almorzar. Repito con la misma señora donde ya fui hace un par de días, Doña Ana y su hija Liliana. Entonces me prometieron una buena cantidad de carne después de la desilusionante gallina campera de la otra vez. Gallina anoréxica, les bromeo. Madre e hija ríen sincronizadas, aquí nunca se molestan, ríen por todo.

Tras el almuerzo me quedo tomando tinto (café con panela, un concentrado de azúcar) y conversando con la hija, Liliana. Ya no creo en el amor, me dice con la mirada centrada en su patacón (plátano macho aplastado y frito). Es que les pelea mucho, intercede Doña Ana. Sí, es verdad, yo les doy cachetadas, así, y me muestra cómo lo hace. Peleona en el amor y en el trabajo, le digo. El otro día Liliana me contó que la despidieron del trabajo de enfermera, donde ganaba novecientos cincuenta mil pesos, y ahora ayudaba a su madre en el pequeño negocio. Doña Ana en seguida pregunta cuanto gana una enfermera en España. Es que la echaron por peleona, añade algo desconsolada Doña Ana mientras Liliana me mira pícara y despreocupada. Para después de Semana Santa quiere probar suerte en Bogotá. Ella es la única que todavía vive con sus padres. Por lo menos yo trabajo, me dice, no como usted que es un perezoso y sólo viaja.

Madre e hija empiezan a cocinar a las cuatro de la mañana en el mismo puesto del mercado donde tienen un fuego a gas y varios útiles. Trabajan todos los días de la semana hasta las seis de la tarde o hasta que haya clientela. El almuerzo son tres mil pesos pero se le puede rebajar a dos mil quinientos con un poco de llanto. Rentar mensualmente el local les sale a treinta mil pesos. Además tienen una finca donde cosechan café y verduras y frutas típicas de la región. Es comidasencilla pero a la que le sacan provecho a cada sabor.

Más que madre e hija parecen dos amigas adolescentes, cuchicheando y riendo entre ellas continuamente. Cuando te hablan apenas le miran a uno a los ojos pues están atentas a todo cuanto ocurre a su alrededor, como esos animales del desierto africano que montados en sus dos piernas miran nerviosos de un lado a otro, con el mentón en alto, en señal de alerta. No importa si una está fregando o cocinando o sirviendo, siempre están atentas a cualquier incidente (la señora Julia ha traído chirimoyas, ¿de dónde las habrá sacado?) o a cualquier cliente que pase por ahí y al que arengan con el clásico colombiano: a la orden! En cualquier comercio siempre te reciben o te despiden con la misma consigna, algo que yo sólo había oído en el léxico militar (en las películas, claro). Yo me casaría con un cura, me dice Liliana sirviéndome otro tinto recién hecho, tienen una renta de por vida y siempre me sería fiel. No creo que haya que ir hasta ese extremo, le digo, pero tú no pierdas la fe en el amor, siempre aparece, de improviso. Yo ya me he olvidado de eso, dice. No mujer, eso es como andar en bicicleta, uno puede estar 20 años sin montar una, que cuando vuelve a subirse a una no se olvida. ¿Usted sabe manejar motocicleta?, me pregunta absorta, como si no hubiera escuchado nada de mi discurso romántico.

Una mujer que parece haber olido el tinto humeante se une a la conversa. Liliana le dice que en Alemania los curas sí se casan y tienen incluso hijos. La señora mira confusa, como preguntándose qué será eso de Alemania. Liliana me señala acusadora: él me lo dijo. La señora bebe un sorbo, toma aire y: “Aquí hubo una señora que estuvo con un cura. Ella era de la provincia de Nariño, pero vivía acá en San Agustín, en unas casas de por allá…sus hijos todavía están. Siempre que se acercaba la Semana Santa se quedaba mula…¿Muda?, pregunto…no, no, mula. En cuanto llegaba Domingo de Ramos su cuerpo se le quedaba tieso, así, y no se la podía sacar de la cama. Empezaba a gritar y la baba se le caía por la boca y los ojos, así mire, se le ponían así de grandes. El cura iba a verla hasta dos veces por día, el pobre, como si no tuviera otra cosa que hacer, iba con agua bendita y ella saltaba de la cama cada vez que le hechaban. Le acompañaba la gente del pueblo porque tocaba amarrarla, fuerte, y llevaban Biblias y crucifijos y oraban para consolarla. Entón por eso que le llamaban mula, porque babeaba y toda tiesa estaba. Pero luego para el martes o miércoles después ya se le iba y ya estaba normal, como si nada hubiera pasado. Yo era muy pequeña pero recuerdo que, porque todo esto que le digo es verdad, hay testimonios y además mentir es pecado…entón recuerdo que las mujeres que no creían ahí las llevaban o acompañaban al cura y tú podías ver. Y esto le pasaba todos los años y ella decía que era porque había estado con un cura. Eso decía.” En ese momento miro a Liliana, como advirtiéndola del peligro de su idea de casarse con un cura, pero ella sigue indiferente devorando otro patacón…Quizás siga pensando en Alemania, el paraíso de los curas casados.

Para Doña Ana y su hija Liliana

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