Las mejores historias – capítulo 2

No volvería a ser camarero. Pero reconozco que las más humanas historias y los más curiosos aprendizajes me han sucedido mientras he sido camarero. Este es el segundo capítulo de una serie sobre mis experiencias en la hostelería.

CAPÍTULO 2

A la edad de 20 años empezaba la carrera universitaria de filosofía en Madrid. Había regresado de mi periplo londinense (ver Las mejores historias – capítulo 1) y había disfrutado de cierta emancipación de mi hogar. Regresar a Madrid con mi madre debía ser algo temporal. Emanciparme de nuevo pasaba por encontrar un trabajo vespertino que pudiera combinar con mis estudios universitarios matutinos. Caminando por el campus vi un anuncio: la cadena de restaurantes VIPS buscaba gente joven y ofrecía flexibilidad de horarios. Como caído del cielo.

Recuerdo el día que acudí a hacer un examen de pre-selección. En las oficinas centrales, en la sala de recepción, había un mural compuesto por retratos fotográficos de personas de diversas razas. Todos posaban felices, tranquilos, con esa cara que trata de decir: aquí he logrado mis objetivos de la vida. El mural de unas 10 fotografías y de buen tamaño estaba coronado con el logotipo del restaurante: VIPS.

Todos eran gente vip, y todos eran felices.

Me asignaron un restaurante de la zona norte, en el recién inaugurado Plaza 2, un centro comercial de arquitectura neo-barroco-comercial, con cúpulas de cristal y pasillos amplios, ornamentados con maceteros de granito y plantas colgantes. Uno más de los tantos que abundan en el extrarradio madrileño.

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Trabajaba como ayudante para tres camareros árabes. Me encargaba de sacar las bebidas y recoger los platos de la mesa. Ellos tomaban la orden y servían los platos de comida. Ya no recuerdo sus nombres, pero era un trío muy variopinto: una mujer de unos cuarenta y tantos, de rostro amable, paciente y esa singular belleza que te da el desierto; un hombre delgado, peludo y con nariz aguileña, hiperactivo y siempre muy atento a cualquier problema, cual ave rapaz que con el rabillo del ojo avista al primer comensal que levanta la mano; y el más joven, un chico alto y gordito, con cara de bonachón y que más que trabajar, daba vueltas por el salón.

Recuerdo que durante mis primeros días los árabes estaban de mal humor. Apenas hablaban, cabizbajos, algo ausentes, te miraban como si tu sola presencia les molestara. No es que fueran groseros, simplemente sentías que no deseaban estar ahí.

Un día encontré al más gordito partiendo cinco o seis sobres de azúcar y echándolos a una taza de té caliente. Las manos le temblaban. Guardaba los restos de los sobres en su bolsillo, como si no quisiera dejar rastro. Yo no entendía lo que le sucedía.

Un comensal me pidió la aclaración de su cuenta. Le dije que le iba a preguntar a su camarero y me puse a buscar al ave rapaz. No lo encontré ni en el salón ni en la cocina. Un compañero me dijo que lo buscara en el cuarto de alimentación de personal. El nombre se escucha mejor de lo que en verdad era: situado junto al cuarto de los cubos de basura, era un cuarto de un metro de ancho por dos de largo con una barrita donde cabía el tamaño de un plato. Me acerqué y tras la puerta escuchaba a varias personas reír y hablar de forma aberrante, sin miedo a ser descubiertos. Se suponía que teníamos prohibido comer hasta terminar el turno. Abrí la puerta y ahí estaban los tres árabes, mis tres jefes. Comiendo y bebiendo como si nada. Reían, bromeaban, ostentosos, con todo el peso de la ley, mientras engullían club sandwich (sin bacon), hamburguesas, patatas fritas, ensaladas y litros de refrescos. No lo podía creer. Le dejé la nota al camarero y me fui. Se me hizo ofensivo: mientras todos trabajábamos duramente, ellos estaban ahí, descansando. Ningún camarero o gerente decía nada, a nadie le resultaba extraño.

Se lo comenté a un compañero con enfado, buscando un aliado de mi descubrimiento, cuando se rió de mí a carcajada limpia. ¿Qué pasa?, le dije. Me preguntó si sabía lo que era el Ramadán. Enmudecí, porque era mi manera elegante de no reconocer mi ignorancia. No comen hasta que es de noche, llevan todo el día trabajando sin probar bocado, los pobres no aguantan hasta el final y el jefe les deja comer ahora, me dijo el compañero. Ah claro, Ramadán, dije, como si supiera lo que era.

Esa noche busqué por internet qué era eso del Ramadán. Tenía 20 años y vivía en una casa en el campo con mi madre. Me faltaba mucho mundo todavía.

El otro español era un chico majete, siempre sonriente, un par de años mayor y vecino de la zona…pero tenía un problema: era monotemático. No importara qué tan lleno estuviera el salón, cuántos pedidos pendientes por salir esperaban en la barra o si vaciabas tu bandeja de comida encima de un comensal. Él sólo hablaba de un tema: la Segunda Guerra Mundial.

Sabía con detalle y exactitud cada batalla, cada movimiento de los aliados, cada error de las tropas alemanas, los nombres de todos los generales de Hitler. Tú podías estar preparando una Fanta de naranja con urgencia, que él llegaba por la espalda y te decía: “gracias a la 82.ª división aerotransportada estadounidense la batalla de las Ardenas pudo saldarse a favor del bando de los aliados”. No sólo te recitaba los hechos, sino que detallaba las fuentes. Había visto todos los documentales, leído todos los libros y comprado todas las colecciones de kiosco que hubieran sobre el tema. Todo el turno se la pasaba escupiendo datos y nombres, sin importarle cuanta atención le prestaras. No era la guerra en sí, ni la estrategia militar o la historia de la humanidad lo que le apasionaba. No. Era la Segunda Guerra Mundial. Punto.

Todo empezó el día que le dije que hablaba alemán. Y conociéndome, seguramente se lo dije sin que me lo preguntara. Ese día encontró en mí a su aliado ideal, como los europeos con el presidente Carter.

Un día estaba contándome alguna batalla interminable cuando se apareció el segundo encargado, o vice gerente o,…no era el jefe, pero era el que mandaba cuando no estaba el jefe-jefe. Nos vió hablando en la cocina y se me acercó. Yo me cuadré y mi compañero sirvió un refresco, simulando que trabajaba. Nos preguntó si no teníamos algo qué hacer.  Mi compañero simuló que tenía un refresco pendiente. Yo tenía 20 años y poca experiencia laboral y cometí un grave error: decir la verdad. Le dije que no tenía nada que hacer. Nunca se debe decir la verdad a un jefe. Debe ser una verdad a medias, una casi mentira, pero con fundamento real, como hizo mi compañero. El encargado me dijo que sacara un trapo y el jabón limpiador. Miró a su alrededor, buscando algo. Se dio la vuelta y encontró una columna. La miró de arriba a abajo. Se giró, me miró a los ojos y con cierto disfrute me dijo:

LIMPIA LA COLUMNA

Nunca se me olvidará. Ese día entendí que trabajar tenía algo de simulacro. Algo de representación teatral, donde uno debe simular que está ocupado y atento. Aunque limpies una columna con un trapo sin jabón.

Tiempo después el mismo encargado me dijo que él también había comenzado de ayudante de camarero y que con esfuerzo había llegado a donde estaba ahora. Y que si me empeñaba, también lo podría lograr. Me habló de un progreso escalonado, de cómo pasó por cada uno de las etapas hasta llegar donde estaba. Yo no compartía su visión, pero no le dije nada porque sabía que me estaba diciendo algo importante para él. Una verdad que necesitaba decir en alto, para escucharse a sí mismo y poder creérselo.

Tiempo después me he acordado de él, y del día que me dijo que limpiara la columna. Si estás leyendo esto, me gustaría decirte lo siguiente: me ha llevado un tiempo de maduración entender que estabas replicando el mismo trato que habías recibido, cuando ocupabas mi puesto. Te habían puteado y ninguneado, y ahora como jefe te tocaba putear a tus empleados. Esa es la escalera de la que me hablabas. Pero no es una escalera, es una cadena. Las escaleras llevan a algún lugar. Las cadenas te mantienen esclavo, fijo a un lugar.

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Un día a la semana debía quedarme al cierre del restaurante. Eso significaba que terminaba a la una o dos de la madrugada. Había un camarero latinoamericano que siempre me invitaba a jugar fútbol con ellos. Se ponían en el parking frente al restaurante y jugaban una hora. Nunca acepté su invitación, no sé por qué. Recuerdo que cada día al cierre sólo pensaba en huir a mi casa, lo más rápido posible. Y además no era muy bueno al fútbol. Pero me arrepiento de no haberlo hecho.

La encargada era argentina, el segundo encargado era ecuatoriano, el chef era africano, los camareros entre árabes y latinoamericanos, y yo y un compañero éramos los únicos nacidos en España.

Pero bajo el techo de ese restaurante, todos éramos VIPs.