La mal llamada caravana de migrantes

RESPETO

Escribo tras regresar de trabajar como productor local para la cadena de noticias ABC News. Un amigo me llamó, buscaba a alguien que volara al día siguiente a Veracruz junto con un reportero y un productor estadounidenses para seguir la caravana de migrantes que están cruzando México en su periplo al norte. Son los días previos a las elecciones de medio tiempo (midterm elections) y Trump está usando la caravana como llamamiento a las urnas. Nunca he hecho noticias, le digo. Pagan en dólares al salario de allá, me dice.

Acepto.

Volamos de la Ciudad a México rumbo a Veracruz. Ahí rentamos una camioneta y nos dirigimos a Sayula de Alemán, donde esperamos encontrar la caravana. En el trayecto aprovecho para calar al reportero, un afroamericano texano de 35 años que en sus ratos libres le gusta correr en coches de carrera. Quiero saber cual es el enfoque que le va a dar para prevenir cierta actitud paternalista, generalizada en los visitantes del otro lado. La noche anterior estuve viendo vídeos ya emitidos por ABC sobre la misma marcha cuando cruzaba la frontera entre Guatemala y México, menos de dos semanas atrás. En un de ellos se ve al reportero (blanco, en la cuarentena) acercarse a una chica que casualmente se desmaya por un golpe de calor. Sabiéndose el héroe del momento y sin que la cámara deje de grabar, el reportero la levanta en brazos, mostrando a la audiencia sus robustos bíceps. La gente a su alrededor le pide que la deje en el suelo pero él desoye sus indicaciones aduciendo que el asfalto está caliente. Finalmente el reportero cuenta que la chica fue llevada por un motorista a un hospital y que está a salvo (gracias a él). Al final me queda la duda si el reportaje era sobre la caravana o sobre el reportero.

Todo esto no se lo digo a Marcus todavía, me esperaré al final de nuestro viaje. Me dice que quiere hacer retratos cercanos de los migrantes para mostrar al pueblo norteamericano que no son criminales y que ni mucho menos se trata de una invasión, como lo ha calificado Trump. No le interesa tanto hablar con ONG’s y/o autoridades, sino saber los planes y motivaciones de esta caravana en boca de de sus actores principales.

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Las autoridades de Sayula han dispuesto de un abandonado mercado para el refugio de la caravana ante la amenazante lluvia. A medida que llegan, van tomando lugar. En el estacionamiento frente al mercado hay tres ambulancias de la Cruz Roja y miembros de Derechos Humanos del Estado de Veracruz y de la Ciudad de México. Llegan camionetas con paquetes de botellas de agua y se monta un puesto de comida al cual rápidamente le crece una fila. Me llama la atención lo ordenados y respetuosos que son los migrantes a la hora de organizarse, cómo respetan el turno de cada uno, cómo preguntan antes de ocupar un lugar vacío para descansar. Hay una fraternidad imposible de no ver. Parece que digo una obviedad, pero no lo es tanto si pensamos que son 5,000 desconocidos dejados a su suerte, cruzando fronteras desconocidas, con 5,000 expectativas diferentes sobre su destino. Un grupo compuesto por hombres y mujeres de diversos estratos sociales, provenientes tanto de la ciudad como del campo, algunos son deportados de Estados Unidos, otros esperan encontrarse con familiares allá. Se han aferrado a este grupo, en esta mal llamada caravana, porque saben que su mayor fortaleza está en mantenerse unidos, en no olvidar que los une un mismo objetivo. Dentro de la caravana se respira una tranquila convivencia sostenida por una fe ciega en que la odisea llegará a buen puerto.

Me pregunto por qué nuestro anterior heroico reportero prefirió mostrar imágenes de una niña camino al hospital, en vez de (o además de) hablar de esto.

Se lo digo a Marcus, el actual reportero. Hablamos sobre la solidaridad. También la del pueblo mexicano. A lo largo del camino vemos gente lanzando naranjas de sus pocos árboles frutales, regalando ropa que ya no usarán o voluntarios ayudando a acondicionar los espacios donde pernoctarán. En Ciudad Isla, Veracruz, varios agricultores descargan un camión de piñas en la puerta del albergue. Le digo a Marcus que la próxima piña que coma en Estados Unidos se acuerde que viene de Veracruz, el principal exportador de piñas y limones al norte. Él me mira pensativo, como si le acabara de develar una gran verdad.

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CAMINAR

El gobernador de Veracruz lanza un video prometiendo autobuses de Sayula a la Ciudad de México. La noticia corre como la pólvora por la caravana. Por un rato, la fatiga ya no es tan pesada, la frontera está más cerca, y el viaje cobra sentido. Unas horas más tarde, ya de noche, el mismo gober dice lo contrario: no habrá transporte. Da varios pretextos sin fundamento, dejando entrever una falta de voluntad política por tomar una clara postura frente a este éxodo. No saben qué hacer: si obedecer a Trump y expulsarlos antes de que lleguen a su frontera o no hacer nada y escurrir el bulto.

Son las 5am. Todos están organizados en varias filas de cientos de personas frente al mercado de Sayula. Reina el desconcierto. Están cansados de las promesas de los políticos, tanto en Chiapas como en Oaxaca les prometieron autobuses. Un chico joven agarra un megáfono: gente, solo Dios sabe cual será nuestro destino, gente, caminemos, caminemos como hemos hecho y Dios dirá. El cielo empieza a clarear. Por la vieja autopista que une Veracruz con la Ciudad de México una masa de gente está en movimiento.

Me emociona el espíritu de arrojo de esta caravana. Saben que el camino es peligroso, que será largo y que su entrada a Estados Unidos no está en absoluto asegurada, pero la mayoría ya no va a regresar. Solo les queda caminar, caminar y caminar. Hacer aquello que hemos hecho desde que aparecimos en este tierra: caminar para cazar, para comer, caminar para buscar un techo, para buscar tierras fértiles, para comerciar con otros pueblos, caminar para huir de una guerra. Caminar porque no hay de otra. El lema es no detenerse. Quedarse a esperar el autobús prometido es lo mismo que quedarse en su país. Eso ya no es opción.

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Durante la grabación analizo cada palabra del reportero. No quiero que ofrezca una imagen miserable de la caravana que despierte la conmiseración de su audiencia por espacio de 2 a 3 minutos. Estoy acostumbrado a producir documentales para cine, contenidos que proponen una mirada más profunda y rica de la realidad. Pero ahora estoy haciendo una nota televisiva y no puedo evitar que el reportero dé datos someros y haga retratos muy superficiales de los migrantes. Aun así, no lo hace mal. Me gusta que no oculta su ser antitrumpista. Todas las notas las termina con algo como “así prosigue su camino esta caravana que sigue demostrando cómo no son lo que Trump dice de ellos”. 

Una chica se nos acerca. Está asustada, habla en voz baja. Quiere solicitar ayuda para regresar a su país. Viene con otras mujeres, su familia. Le pregunto por qué regresar. Dice que tiene miedo del camino. Teme al narcotráfico, especialmente a los Zetas. Le han contado cosas. Quiere regresar. La miro por un segundo. Quisiera decirle que no tema, que si se mantienen juntos, no les pasará nada. Pero no es verdad. Por desgracia los caminos y carreteras de México son una lotería, y nadie puede asegurar nada. Todos en la caravana han sido muy amables y atentos con nosotros y el resto de colegas reporteros. Saben que nuestra presencia aleja a los malos: al narco que los recluta, a los policías que los roban, a la migra que los deporta. Este es el día a día del migrante a su paso por México, solo que esta vez no viajan solos. Para los hombres es más fácil, son los primeros en avanzar. Trepan a cualquier parte del camión. A veces ni siquiera saben si van en la dirección correcta. Muchas de las mujeres viajan con niños, son más vulnerables. Una integrante de una ONG me dice que acompañó a la caravana en su paso por Guatemala y ahora ha vuelto a retomar el camino. Está contenta porque muchas mujeres que empezaron su éxodo solas ahora caminan acompañadas por un hombre. Así viajan más seguras, me dice.

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ÉXODO

No es una caravana, es un éxodo, dice un entrevistado. Busco por internet el significado de ambas. Son parecidas, salvo que la palabra “caravana” implica un número de personas sin un vínculo entre sí, y la palabra “éxodo” remite a la idea de un pueblo. Un pueblo es una cultura, es la historia de un país, su pasado, presente y futuro. Y a este éxodo centroamericano le falta un Moisés que separe los soldados que Trump está escenificando en la frontera.

Mientras viajamos voy siguiendo a la caravana también por Twitter. A su llegada a Puebla, se convierte en trending topic. Muchas mensajes acusan a las autoridades de gastar recursos en acoger a los migrantes en detrimento de los poblanos en concreto y los mexicanos en general. Comentarios similares leí por parte de estadounidenses en el Facebook de ABC News cuando se emitió el primer reportaje que hicimos. Me entristece observar la tranquilidad con la que se dicen idioteces en las redes sociales, y más desde que “decir idioteces en redes sociales” está legitimado por el mismo presidente de los Estados Unidos. La ubicación de soldados y alambre de espino en el límite de Estados Unidos obedece a una motivación mediática: la escenificación de una puesta para ser fijada y repetida en todos los medios, impresos o digitales, con la intención de que el mensaje llegue hasta la caravana y así amedrentar a los migrantes. Creo que nuestros amigos de ABC News cayeron en este maquiavélico plan. De cualquier forma, esta política del miedo le ha dado sus frutos, como el hecho de ganar la presidencia. El gobierno mexicano está noqueado, sin saber si ayudar o si mirar hacia otro lado. De momento lo único que han hecho ha sido detener el paso del tren de La Bestia en su trayecto sur a norte, para evitar que los migrantes suban. Como si eso los fuera a detener.

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Cada vez que escribo en este texto la palabra “migrante”, me la marca en rojo como un error. El auto-corrector solo queda satisfecho si escribo “emigrante” o “inmigrante”. Busco en Google el significado de las tres palabras: emigrante es el que se va de su país; inmigrante es el que llega. Los diferencia el punto de vista desde el cual se los observe. En este caso, el migrante sería simplemente aquel que se desplaza de un lado a otro. Lo que le diferencia de los otros es que está a la espera de obtener un punto de vista que lo identifique.

En resumen. Tenemos una mal llamada caravana de migrantes que cruza el país a la espera de obtener el nombre correcto y el punto de vista justo. Siguiendo su caminar, pensé en la caravana como un espejo gigante que refleja aquello que encuentra a su paso: por un lado, el esfuerzo de gente voluntariosa que se organiza en comunidad para ayudar, sabedores que no habrá respuesta por parte del gobierno; por otro lado, un país tomado por la violencia y la corrupción, esclavo de la política exterior del vecino del norte y que debería hacernos cuestionar si no valdría la pena migrar a un lugar más seguro.

Todas las fotos las tomé durante noviembre 2018, en el paso de la caravana por Sayula de Alemán, Ciudad Isla y Córdoba en el estado de Veracruz.

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