El día que me pinté la uña de rojo

…mi autoimagen heteropatriarcal se vió fuertemente trastocada.

Como si el pulgar de la mano derecha no fuera mío, y yo fuera alguien que se reía al cuestionarse a quien podría pertenecer ese pequeño y gordo dedo, que obviamente me había abandonado para pertenecer a otro ser. Quizás si me lo hubiera pintado de negro, morado, verde o azul, hubiera sido otra cosa. Pero rojo carmesí, ¡rojo carmesí! Es mucha cosa. No podía apartar mis ojos de mi dedo. Estaba fascinado.

Cada vez que veía mi uña pintada de rojo, sentía que mi pulgar era el de una mujer. O mejor dicho, el de una señora, porque el pulgar no da para pensar que era una jovencita o una niña, estamos hablando del pulgar, es decir, una señora bajita y fuerte, rellenita pero con fondo. Y si este dedo pertenecía a una señora, entonces por extensión mi mano era de una señora. Y lo mismo sucedía con el brazo. Y el cuello. El pecho. La espalda. La cintura. Las nalgas. Todo yo era una mujer por culpa de esa uña rojo carmesí del pulgar de mi mano derecha.

Un amigo hombre me miraba extrañado. Notaba un cambio. Creo que pensó que a él también le gustaría pintarse la uña pero que nunca lo haría. Se rió nervioso y se calló. Una amiga mujer apenas se fijó en mi pulgar, pero en un momento dado, como si recitara la lista de la compra, me dijo que le gustaban los hombres que se pintaban las uñas.

Y cuando el barniz carmesí del pulgar se cayó, la señora me abandonó. Se fue así, sin avisar. Sin embargo su ausencia me dejó un pensamiento muy claro: tenemos una imagen muy distorsionada de nosotros mismos.

Estoy seguro que pronto regresará la señora.

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