Secuencia 3. Temor*

TEMOR *(re-editada)

 

Suena el timbre. Es el mensajero. Firmo y me entrega un sobre grande, color manila y un poco pesado. Entrega internacional desde Madrid, España. Me siento en la mesa del estudio con el sobre delante. Tomo aire. Dentro hay un objeto que podría simbolizar la construcción de mi masculinidad, pero es importante por la persona que me lo regaló. Cuando hice la compra por internet, tuve una mezcla de emociones…excitación y arrepentimiento, me sentí patético y a la vez muy ingenioso y creativo,…y todo eso siento ahora. Abro el sobre, me asomo al interior. Están las cinco…

Crecí rodeado de una familia de hombretones. Tras el divorcio de mis padres, mi madre y mis hermanos nos mudamos de Barcelona a Madrid. Yo tengo entonces seis años. La mayoría de mis tíos y primos viven allí, y cuando nos empezamos a juntar en navidad, para mí es como reunirme con extraños. Con muchos extraños. Somos 16 primos en total, de los cuales 13 son varones, 3 son mujeres y 2 de ellas son mis hermanas. La carga cromosómica masculina en este estrato familiar es innegable. La navidad se celebra en la casa de mis abuelos. En la escalera y pasillos hay osamentas de venados, ciervos y jabalíes que mi abuelo y mis tíos han ido cazando. Paso mucho tiempo viéndolas, especialmente la del jabalí, un animal muy simbólico en la zoología ibérica. El rol del hombre está ejemplificado en mi abuelo, un ingeniero de montes que en la España de post-guerra trabaja implantando sistemas de sembrado en plantaciones agrícolas al sur del país. Alguien que empezó desde abajo y que con esfuerzo y trabajo logró ascender socialmente. Su ejemplo es idealizado por todos mis familiares. Fumador incansable de puros, heredó esta costumbre en sus hijos varones, quienes tras la comida se juntan a fumar habanos y beber mientras las mujeres recogen y limpian.

R, el hermano mayor de mis ocho tíos, sigue la estela de su padre, mi abuelo. Mi tío es un tipo atlético, fuerte y muy respetado por todos. Aún hoy no sabría decir con exactitud a qué se dedica, pero para el niño Luis que llega de Barcelona, digamos que mi tío R se la pasa en África en misiones imposibles cruzando el desierto en camello. Tiene 4 hijos, todos varones, y a mis ojos mis primos son unos salvajes. Es común que lleguen por navidad con un brazo escayolado, un diente roto o te chuleen su nueva cicatriz practicando motocross, bicicross, surf, windsurf o cualquier otra mezcla “surf/cross” que implique riesgo y adrenalina.

A mí nunca me han escayolado y nunca participé en esas cosas. Crezco entre mujeres, muy querido y mimado por mi madre y mis dos hermanas y que pronto me hace ganarme la cualidad de ser, en sus palabras, un hombre “sensible”. Pero también crecí con una gran carencia de una figura masculina y que busqué por mucho tiempo en distintos hombres. Mi hermano mayor quiso adoptar ese rol por un tiempo. Él sí va con mis primos a practicar surfcross y se parte alguna que otra tibia, pero también rompe con la tradición navideña de cada sobremesa: se fuma un puro con mis tíos y limpia y recoge con mis tías.

Comparto cuarto con mi hermano hasta que se va a vivir por su cuenta. Él es 10 años mayor que yo y de él heredo el gusto por el rock de Led Zepelin, Aerosmith, Red Hot Chilli Peppers y Guns n’ Roses. Mi habitación no tiene nada de posters ni cosas de niños, al contrario, cuando me voy a dormir, le doy las buenas noches a Axel Rose, uno de sus ídolos de juventud. Mi hermano recorta sus fotografías con milimétrico cuidado, tijereteando cada pelo de su rubia melena. Ponemos el “Don’t Cry” a todo volumen y jugamos a aguantar los 20 segundos de grito final del cantante, hasta ponernos morados con tal de aguantar más que el otro. Ahora que vuelvo a ver a Axel Rose, me doy cuenta lo andrógino de su aspecto, algo común en otros rockeros de los 90. Sin embargo, ser rockero es muy masculino.

 

Abro el sobre.

Están las cinco: el especial de brasileñas, Yvonne Reyes, Mar Flores, Marlene Moureau y el especial de suecas. Son las portadas de las cinco revistas MAN que me acompañaron durante la adolescencia. No recuerdo la edad exacta, pero sería con 12 o 13 años cuando mi padre me regala estas revistas. Se definen como revistas para hombres (inolvidable el subtitulo “El hombre que viene”). En sus páginas se mezclan fotografías eróticas de modelos, cantantes y actrices con artículos y entrevistas…a hombres. Si hay alguna entrevista extensa a una mujer, son a mujeres poderosas como Esther Koplowitz o Ana Botín, es decir, mujeres vestidas de hombres. Recuerdo que cuando mi padre me las da, no entiendo muy bien para qué lo hace. Yo entonces no pienso mucho más allá de ir a la escuela y jugar al fútbol en el patio. A ojos de hoy, lo interpreto como la manera de mi padre de tener “esa charla” con su hijo que lentamente empieza a hormonar. Una especie de clase de educación sexual que mi padre temía tener conmigo y que decidió cortar por lo sano. Y ese temor, es del que quiero hablar.

Ahora que reviso con cuidado cada página y me encuentro con cada una de las fotografías de las modelos, es como reavivar un recuerdo de mi adolescencia, como si en verdad las conociera, y es que pasé muchos ratos masturbándome con esas imágenes. (Dejaré para otro artículo la implicación de que un adolescente se relacione con la pornografía y la relación del hombre con su cuerpo y la masturbación) No creo que esas revistas determinaran mi heterosexualidad, no creo que ningún objeto lo haga. Pero sí que manifiestan un estándar e inconscientemente te marcan un camino. Simbolizan la normalidad. Y finalmente, es tu padre quien te la da, una figura de autoridad, una persona a la que temes…¿cómo no lo vas a obedecer?

He pensado en preguntarle a mi padre por qué lo hizo, pero sé que ya no se acuerda y evitará cualquier implicación. Yo creo que lo hizo porque temía que un niño de 12 años fuera homosexual; porque era sensible; porque estaba siendo criado por mujeres; porque las chicas no me interesaban y solo quería jugar fútbol…Y a partir de ahí, yo también lo empecé a temer.

“Los machos han de demostrar continuamente su masculinidad a lo largo de su vida, desde la cuna hasta la tumba, en una serie interminable de ritos y desempeños. Lo mismo la mujer […] El éxito no está garantizado. El género es una carrera en la que algunos de los corredores compiten solo por la medalla de bronce […] Los machos, en particular, viven en el temor constante de perder su afirmación de masculinidad.” El temor a que fuera homosexual, es el mismo que refiere el autor de la cita, Yuval Noah Harari en su obra Sapiens. La masculinidad y la heterosexualidad han estado siempre unidas, y esto es algo que ya va siendo hora que desvinculemos. 

Ahora bien, lo complicado aquí es que cuando he preguntado a hombres cercanos qué es la masculinidad, ninguno me ha sabido decir. Con lo cual, si retomo la primera frase de la cita de Harari (“Los machos han de demostrar continuamente su masculinidad a lo largo de su vida”), los hombres estamos obligados a demostrar continuamente algo que no sabemos lo que es. Nos peleamos, hacemos guerras y competimos por formar parte de un club, del cual, no sabemos cuales son las reglas de admisión. Pero en cambio, sí parece que tenemos muy claro qué es la masculinidad cuando tememos que nuestro hijo, amigo, familiar,…sea gay. Y es que la heterosexualidad y la homosexualidad son muy fáciles de identificar. Con lo cual, aunque yo no sé lo que hace falta para ser hombre, sí sé lo que hace falta para ser gay. Por eso hemos mezclado históricamente estos conceptos. Y por eso ahora los hombres en general estamos tremendamente PERDIDOS, ante la apertura sexual de la sociedad actual. ¿Transexuales? ¿Pansexuales? ¿Demisexuales? ¿Cómo entender la masculinidad en este tiempo?

“Todo cuanto hay en usted, me recuerda a usted, excepto usted. Creo que está bien claro. Que me ahorquen si lo entiendo”. Groucho Marx podría estar describiendo la relación del hombre con el hombre.

Lo primero que hay que hacer para entender la masculinidad es separarla del sexo. Si no tienes clara la diferencia entre sexo y género, búscalo en internet. Lo segundo es entender que el género es una construcción social, y que cambia con cada sociedad, con cada época. Los valores y atributos que la definían hace 50 años están hoy obsoletos. La masculinidad mercantilizada por Axel Rose es muy distinta a la masculinidad de mi abuelo. De la misma manera que las osamentas de jabalíes, ya no se entienden como objeto decorativo en una época en la que extinguimos al día 150 especies de animales. Y lo tercero que tenemos que hacer para entender la masculinidad es asumir su carácter ambiguo y volátil y no querer encerrarla en un único significado, perenne e indivisible. No volvamos nuestra masculinidad en algo esencial o primordial, como si la debamos defender de ataques ideológicos. La masculinidad está llamada a ser más abierta, más transversal, más empática y menos temerosa. 

 

*(re-editada)

Me ha costado escribirlo. He necesitado de varias semanas, algunas lágrimas y la revisión de muchas anécdotas. No quiero ser complaciente con este retrato de masculinidad, pero continuamente tengo la sensación de estar traicionando a mi género, y en concreto a las figuras masculinas mencionadas. Algo que me ha costado mucho es acotar el campo de estudio para que no se mezclen culpabilidades y traumas personales. La masculinidad está en todo, en cada gesto, en cada pensamiento, en cada comportamiento. Y la familia es el primer espacio donde se pone en juego nuestra identidad personal, y por tanto también, la identidad de género. De niños somos esponjas y podemos magnificar cosas que para un adulto pueden no tener importancia. Los referentes son importantes. Y nuestros primeros referentes son los padres y la familia.

 

Oliverio Girondo, poeta argentino de principios de siglo, tampoco lo tenía nada claro…

 

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