Las mejores historias – capítulo 1

No volvería a ser camarero. Pero reconozco que las más humanas historias y los más curiosos aprendizajes me han sucedido mientras he sido camarero. Este es el primer capítulo de una serie sobre mis experiencias en la hostelería.

CAPÍTULO 1

“¿Y tras 12 años de educación primaria y secundaria me voy a meter 4 o 5 años más de universidad? Ni de coña.” Algo así debí de haber pensado cuando terminé mis estudios en el Colegio Alemán en Madrid. Quizás no lo pensé con esa retórica. Quizás era algo más adolescentil, como: “¿y ahora qué? pfffff…y yo que sé”.

Por entonces mis intereses eran un tanto vagos y difusos: dedicaba mi tiempo a escuchar música rara y fumar porros. Soñaba con viajar. Disfrutaba leyendo novelas autobiográficas. Era romántico y creía con fuerte convencimiento que las respuestas estaban ahí fuera, en el mundo, esperando a ser descubiertas. Vivir experiencias, esa frase quizás resumía mi horizonte de vida. Por eso la universidad era lo opuesto: para mi recién estrenada mayoría de edad, las experiencias no podían estar encerradas en el aula de una universidad.

Mi hermano se acababa de mudar a Londres buscando otra oportunidad. Para él, Madrid significaba noches de fiesta y un trabajo poco gratificante. Nos separa una década: él entonces tenía 28, yo 18; él quería asentar su carrera laboral como abogado, yo ni pensaba en eso todavía. 10 años más tarde, a su misma edad, yo emprendí el mismo viaje pero a México, cansado de noches de fiesta y ninguna expectativa laboral. Pero esa es otra historia.

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Vivíamos y trabajábamos en un pub llamado The Mitre, cerca de Hyde Park. Era un edificio antiguo de tres plantas, de estilo victoriano. Tenía ese encanto antiguo, suelo de madera y alfombra, decorado con cuadros de cazadores y espejos, muchos espejos. La primera planta era el pub, con forma de mitra obispal y que un tiempo después le serviría a Woody Allen como escenario de su película Scoop. En las demás vivíamos los mismos empleados del pub. En la segunda planta estaba la cocina, la oficina, el cuarto del chef coreano y el cuarto de mi hermano; en la última planta estaba el cuarto del gerente irlandés, la subgerente inglesa, el chef árabe, un camarero sudafricano y mi zulo. Así le decía mi hermano: zulo. Lo unico que cabía era el colchón y el espacio que necesitaba la puerta para abrirse. Pero tenía una ventana al mundo y yo con eso era feliz.

Durante el día mi hermano trabajaba en un bufete de abogados. En la noche era camarero. Cada vez consumía más tiempo en la oficina y menos en el pub, pero servir pintas le daba un hogar gratuito en el centro de Londres. Yo llegué para ocupar el puesto de camarero de mi hermano, sin que perdiera por eso su cuarto. Y le funcionó. Una avispada estrategia de un exitoso abogado en potencia. Ese fue mi primer trabajo en serio. Tenía un horario, una serie de obligaciones y un contrato de por medio. Cobraba semanalmente en función de las horas que hiciera. Me gustaba esa responsabilidad. Era una experiencia nueva y por tanto, excitante.

El pub era la ONU. Trabajé con gente de Sudáfrica, Australia, Rusia, India, Irlanda, Corea, Marruecos y hasta de la misma Inglaterra. Ser inglés y trabajar ahí era una extravagancia. Había buen ambiente. El pub era de barrio, lo que hacía que una serie de pobladores comunes aparecieran con asiduidad. Poco a poco los iba ubicando e identificando sus gustos. Entre los más variopintos se encontraba una pareja de ingleses jóvenes; él era el hijo de Andrew Lloyd Weber, creador y compositor de todos los musicales importantes del West End londinense: Cats, El Fantasma de la Ópera y Jesucristo Super Star, entre otros. Su hijo, cuyo nombre no recuerdo, pedía cerveza, era amable, y poco hablador. Ella siempre pedía vino blanco pinot grigio, que era el de la casa, pero a ella le gustaba demostrar sus conocimientos enológicos y nunca pedía “un vino blanco, el de la casa”, si no que decía “un pinot grigio”. Eran jóvenes y eran ricos. Se solían sentar en un lugar donde no fueran muy visibles, quizás para no ser reconocidos. Como ricos que eran, nunca dejaban propina.

También estaba Sami, un hindú de unos 50 años, muy sonriente, muy hablador. Siempre le gustaba sentarse en la barra y hablar con el camarero. Cada vez que vino al pub, y estoy seguro que fue todas las veces, me preguntaba si extrañaba España, a mi familia y amigos. Buscaba esa empatía entre dos extranjeros en una tierra extraña, como si yo escondiera alguna respuesta secreta. Te miraba con la melancolía de quien ha recorrido mucho mundo buscando algo que no sabrá nunca si ha encontrado. Y, sí: dejaba propina.

Habían muchos más: los obreros de los viernes, que gastaban su recién obtenido sueldo semanal en pintas de Guinness; un viejito arrugado de gabardina oscura que pedía dos pintas de cerveza amarga sin espuma y siempre pagaba el importe exacto sin mediar palabra alguna; y una chica mitad tailandesa y mitad estadounidense que solo vino una vez y con quien descubrí el poder de seducción que ofrecía ser camarero…pero esta es otra historia.

De entre todos, mi cliente favorito era Mirror Man. Así le llamábamos mi hermano y yo. Era un señor de unos 50 años de edad, siempre ataviado con su traje de chaqueta y un profundo olor a hígado que emanaba de su casi desdentada boca. Algunos decían que estaba loco. Otros que era un borracho. A mi los locos me enternecen, no sé por qué. Llegaba todos los días 5 minutos antes de las 11, hora a la que dejábamos de servir. Venía de dar la ronda por otros pubs de la zona y el nuestro era el último. A veces lo veía en la calle, a unos metros del pub, atento a su reloj, esperando a que dieran las 10.55 para entrar. No quería entrar antes de tiempo. Cuando lo veía al final de la barra sabía que era hora de cerrar. Siempre pedía dos pintas, que se terminaba en los 20 minutos que nos llevaba limpiar la barra y mesas y sacar a los últimos despistados que quedaban.

A Mirror Man le gustaba cantar la canción country de “Take Me Home, Country Road”. Yo me reía y le decía que se diera prisa en terminar y dejara de cantar. Él, obediente, bebía. A veces se la poníamos en el bar para que se arrancara solito y una cierta melancolía se dibujaba en su rostro. Cada vez que la escucho, me acuerdo de él.

Era un niño en un traje de adulto. La mirada perdida, la sonrisa inocente y siempre vestía con un traje más grande del que era su talla. El caso es que le llamábamos Mirror Man porque una vez que terminaba sus cervezas y debía asumir el lento camino a casa, recorría durante unos minutos todos los espejos del pub, deteniendose por unos minutos en cada uno de ellos. Su rostro se tornaba serio, su mirada fija. Se observaba con detalle y si te acercabas a espiarlo se reía y te pedía que lo dejaras solo frente al espejo. No creo que fuera narcisismo. Más bien, parecía como si se preguntara quien de los dos era más real, si él o su reflejo en el espejo. Su verdadero nombre era Chris. Y solía dejar algo de propina, no mucho, pero lo decía en voz alta, para que quedara claro que era un buen tipo. Un niño perdido en su camino de regreso a casa; un niño buscándose en su reflejo frente al espejo.

Tras 6 meses en Londres, decidí regresar a Madrid. Extrañaba a amigos y familia, y el frío decembrino no ayudaba. A pesar de ser mayor de edad, era todavía un adolescente para surcar tan lejanas metas. Recuerdo que llegué a la estación de trenes que me debía llevar al aeropuerto. Necesitaba subirme al Gatwick Express, se me había hecho muy tarde, podía perder el vuelo. La tarjeta de débito no pasaba y en el cajero tampoco. Me faltaban dos libras para completar mi pasaje. Acudí a una señora viejita que estaba cerca. Le expliqué mi situación como pude. La señora se apiadó de mí: abrió su cartera, sacó dos libras y se las llevó a la boca. Las chupó durante unos segundos y las puso en mi mano. Sonrió y se fue.

Parecía algun tipo de señal que debía encerrar el final de una experiencia. Una suerte de símbolo que debía esconder una moraleja. Esas dos libras chupadas por una septuagenaria inglesa me dieron el pase de regreso a España. Catorce años más tarse, sigo sin descifrar el significado de tan extraño final.

Continuar a Capítulo 2.

Ser feliz.

Sea feliz en 5 pasos. Los 10 mandamientos para una vida feliz. Hay una receta sobre la felicidad que parece estar en boca de todos. Una felicidad instantanea, soluble, fácil y sin encender el fuego.

Pero solo hay eso, recetas. ¿Por qué aplicamos indistintamente los mismos recetarios tanto a la cocina como a nuestras emociones?

Hace poco alguien me dijo que la felicidad no se busca, se encuentra; que no se programa, es un milagro; que no se compra, si no que es gratuita. Me lo dijo un poeta, un oficio tan antiguo como la misma búsqueda de la felicidad.

Empecé a escribir un guion sobre un personaje que cuanto más busca la felicidad, peor le van las cosas; cuanto peor le van las cosas, más se esfuerza en buscar la felicidad. Y no es hasta que llega al momento en que debe renunciar a su plan para ser feliz, que la magia aparecerá. La tuvo siempre a su lado, pero no la vio hasta que renunció a ella.

El poeta también me dijo: el hombre tiene que volver a él. Ese guion es un también un intento de volver a mí.
De mometo lo titulé TUMOR. A ver cómo me va.

Cuando tocabas en un grupo de música…

…solo esperabas a que llegara el día que te juntaras para ensayar. Porque ensayar era mucho más divertido que el concierto. No me creo eso que dicen los músicos de la increíble sensación que es la de regalar la música a un público, que ahí reside el sentido de su trabajo. Será que no eres músico y no sabes de lo que hablas. Seguir leyendo “Cuando tocabas en un grupo de música…”

La Isla

Cinco años más tarde los pueblos de El Gordo y Berrocalejo aparentan estar igual a cómo los filmé en la pieza documental La Isla. Acompaño en la visita a M.A.L.L, personaje del documental y abogada de Adenex, la asociación ecologista que se oponía a la construcción del proyecto Marina Isla Valdecañas por considerar que destruían parte del hábitat de las grullas que cada año migran a este embalse del Tajo. Por el camino me cuenta que debido la crisis inmobiliaria sólo han desarrollado la mitad del proyecto, que incluye: campo de golf, hotel cuatro estrellas, chalets de lujo, embarcadero, piscinas con una playa artificial e instalaciones  deportivas.

Llegamos a un puesto de control donde nos informan que la Isla es propiedad privada y sólo está permitido el acceso a propietarios. Argumentamos que vamos a visitar el hotel, que es un lugar público y no nos lo puede impedir. La joven nos mira de arriba abajo. Nos da un distintivo donde sólo se nos permite acceder al hotel y nos lo vuelve a recordar, en caso que no leamos el aviso.

Nada más entrar vemos dos bancadas de chalets adosados con aparcamientos vacíos. Apenas hay un coche estacionado cada diez casas. En el ambiente se respira poca humanidad. Una señal con valla automática nos impide entrar en el conjunto de casas con el coche. Es privado. Los pocos habitantes que nos encontramos se mueven en los coches eléctricos del golf. Casi nadie usa su automóvil particular. Parece una urbanización fantasma, perfecta localización para una película de terror, de esas en las que los pocos humanos sobrevivientes se esconden de un virus que amenaza con convertirlos en zombis. En ese mar de cemento y concreto, las calles pierden su significado: farolas para iluminar el vacío, pasos de cebra sin nadie que cruce, rotondas sin nadie que las rodee…Imaginar el ambiente por la noche me produce escalofríos.

M.A.L.L me comenta que el Tribunal de Justicia de Cáceres les ha dado la razón a los ecologistas y ha declarado el proyecto de ilegal. Sin embargo, la empresa constructora ha apelado al Tribunal Supremo y ahora hay que esperar cuatro años hasta ver que dictan. En caso de ser ilegal, deberán deconstruir toda la urbanización y dejarla tal y como estaba antes de su construcción. Imagino que los propietarios de los apartamentos exigirían la devolución del dinero más una indemnización. Y con los tiempos que corren, la constructora se declararía insolvente.

En la recepción del hotel nos recibe una chica con acento extremeño. Quizás ella sea una habitante de alguno de los dos pueblos circundantes agraciada con el proyecto. Lo primero que nos pregunta es si jugamos al golf. Le decimos que no. Nos mira algo perpleja, como si no supiera cómo continuar su discurso. Cerca a la recepción hay una tienda de productos para el golf y varios maniquíes mirándonos divertidos. M.A.L.L nota el desconcierto y le dice que está buscando un deporte para su jubilación y el golf parece una buena opción. La joven recepcionista se emociona y retoma el hilo: “es un deporte maravilloso, muy cansado,…yo no lo juego pero eso es lo que me dicen”. Cogemos confianza y le preguntamos de donde es. Natural de Polonia, vive desde hace seis años en España y desde hace dos se ha trasladado a El Gordo. Admiramos su capacidad de absorber “loh acentoh”. En las paredes del hotel, reinan varios cuadros con palos y pelotas de golf pegados al lienzo con litros y litros de pintura. Bastante feos todos.

Caminamos hasta el embarcadero, una larga pasarela que te muestra los niveles en los que alguna vez estuvo el ya casi disecado embalse. Hay varios peces muertos, con el cuerpo inflado, y huele a podrido. Una capa de sedimentos verde, azul y gris se levanta de la tierra, la misma que flota en el agua de la orilla. M.A.L me cuenta que el bajo nivel del embalse hace que no haya oxígeno, que el agua se pudra y los peces mueran. Y hay que tener en cuenta que el Tajo es por donde Madrid tira de la cadena. Miro algunas unas pocas barcas estacionadas en el embarcadero, todas lanchas de lujo, limpias y elegantes. Bajo la superficie del alto standing hay restos de heces y peces enfermos.

Nos dirigimos al pueblo de Berrocalejo. Quiero verme con Laurent, otro personaje del documental, dueño de un bar. Al llegar veo que se han pintado las paredes de burdeos y han puesto cortinas, cuadros y adornos que lo hacen más hogareño. Es el primer cambio que veo en el pueblo. A mi lado veo a los mismos parroquianos que jugaban al ajedrez cuando fui a grabar el documental. Me atiende una chica joven que me cuenta que Laurent le vendió el bar hace un año. Dice que sigue viviendo en el pueblo, que ha sido padre de una niña y que trabajó un par de años en la isla pero ya no. Me pregunto en qué habría trabajado. Imagino que en la  construcción o el mantenimiento de infraestructuras. Mano de obra para usar y tirar.

Almorzamos un menú en el único restaurante de Berrocalejo. El dueño nos pide que le esperemos un momento mientras transcribe los platos en un papel a limpio. Es sábado y está claro que somos los únicos clientes del día. Tras la comida salimos a pasear. Las cigüeñas siguen parando en el campanario de la Iglesia. Es la hora de la siesta y las calles siguen igual de calladas, solitarias y desoladas a como las conocí. Parecen un reflejo de la urbanización. En vez de ser dos pueblos casi abandonados, ahora son tres. M.A.L.L me pregunta si realmente creo que el proyecto ha traído todas las ganancias que prometía. Me viene a la mente el final de Bienvenido Míster Marshall, cuando los habitantes ven cómo la promesa de enriquecimiento y desarrollo pasa de largo y cada uno vuelven a su  rutina.

Aqui os dejo La Isla, el cortometraje documental que dirigí, sobre la construcción de este proyecto y su impacto en la vida de dos pueblos de Extremadura.

Dirección y Producción: Luis Arenas

Cámara: Luis Azanza

Sonido y Música: Peter Memmer

Edición: Eduardo G.A. Palenque

Cine en la selva

En Enero de 2011 recibo una llamada de Aldo Callegari, co-director de la asociación sin ánimo de lucro Nómadas-Perú. Me invita a dirigir un taller de realización documental en la selva amazónica en la frontera entre Perú y Ecuador. No termina de explicarme el proyecto cuando le digo que sí. Seguir leyendo “Cine en la selva”

El Chapo en la trampa

Volvieron a cazar al Chapo. Ahora resulta que Sean Penn y Kate del Castillo le hicieron una entrevista meses antes y la publican ahora en la revista Rolling Stone. Dos minutos escasos que resumen cómo el narco y Hollywood se unen por una misma causa. Seguir leyendo “El Chapo en la trampa”

Hertha Müller

“Bueno, naturalmente yo no la podía cortar, ni me la podía poner, me daba terror colgármela en el cuello con esas garras. Pero el día que la compramos, fui con mi madre a ver al cazador para escoger una de las pieles que tenía clavadas en la pared en su casa. Le pregunté cómo lo había cazado, si con la escopeta, y me contestó que los zorros no se cazan con la escopeta: “Los zorros entran en la trampa”. Seguir leyendo “Hertha Müller”

El difícil juicio contra B (un boceto).

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Bastó el primer día de comparecencia ante el Supremo para que la acusación de asesinato se volviera contra B. Seguir leyendo “El difícil juicio contra B (un boceto).”

La guerra de 25 años de Andorra

Andorra declaró la guerra a Alemania en 1914, en los primeros compases del conflicto. A pesar de ello, nunca participó en el combate. Su ejército, formado por diez soldados, nunca pisó el campo de batalla. Seguir leyendo “La guerra de 25 años de Andorra”

Javier no es Billy the Kid, es el puto Pat Garret

Javier escuchaba todas las noches el mismo disco, vuelta tras vuelta, sin pausa. No entendía por qué no se hartaba de Bob, el dios Dylan, y su banda sonora para la película de Sam Peckinpah “Pat Garret y Billy the Kid”. Grabada en el estudio sin segundas tomas, sin efectos de mesa, sin doble significado. Para Javier no solo es el mejor trabajo de Bob, no, es Seguir leyendo “Javier no es Billy the Kid, es el puto Pat Garret”

Guia de Viajes a Ninguna Parte. 1: Londrina y la Geografía del Tiempo

En Londrina resulta incalculable preguntar por una dirección. Aquel que llegue por primera vez a la ciudad debe saber que los Londrinos pasan verdaderas dificultades para orientar a los perdidos. Cuando se les pregunta por el camino hacia algún punto de su ciudad se puede ver el desconcierto y padecimiento de quien debe usar un nuevo idioma. Y es que para los Londrinos apenas existen vocablos relacionados con la medición del espacio. Su mente se vuelve confusa y desorientada y no sería de extrañar que se enfadaran con usted.

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Extraño es querer seguir haciéndolo.

“Yo tengo un trabajo que implica 12 horas al día, y aun así quiero seguir contando historias. Escribir te provoca estrés, no duermes, te obsesionas, pero es lo que te hace feliz. Y no escribes por dinero ni por fama…Escribes para no estar triste”.

– Babelia, 18.02.2012

Cumbia de los indignados

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Yo me fui de España porque nunca tomé al español como un ser romántico, un alma utópica e idealista lo suficiente como para hacer algo así. Y es que hace poco estaba caminando con una amiga por Cartagena de Indias (Colombia) cuando nos encontramos con unos amigos suyos cartageneros. Tras las palabras previas de bienvenida me preguntan de dónde soy. Al responder que soy de España me preguntan por mi opinión sobre los acampados en la plaza principal de Madrid.

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Domingo de Abril en San Agustín, Colombia.

Buen día para ir al mercado a almorzar. Repito con la misma señora donde ya fui hace un par de días, Doña Ana y su hija Liliana. Entonces me prometieron una buena cantidad de carne después de la desilusionante gallina campera de la otra vez. Gallina anoréxica, les bromeo. Madre e hija ríen sincronizadas, aquí nunca se molestan, ríen por todo.

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