La Isla

Cinco años más tarde los pueblos de El Gordo y Berrocalejo aparentan estar igual a cómo los filmé en la pieza documental La Isla. Acompaño en la visita a M.A.L.L, personaje del documental y abogada de Adenex, la asociación ecologista que se oponía a la construcción del proyecto Marina Isla Valdecañas por considerar que destruían parte del hábitat de las grullas que cada año migran a este embalse del Tajo. Por el camino me cuenta que debido la crisis inmobiliaria sólo han desarrollado la mitad del proyecto, que incluye: campo de golf, hotel cuatro estrellas, chalets de lujo, embarcadero, piscinas con una playa artificial e instalaciones  deportivas.

Llegamos a un puesto de control donde nos informan que la Isla es propiedad privada y sólo está permitido el acceso a propietarios. Argumentamos que vamos a visitar el hotel, que es un lugar público y no nos lo puede impedir. La joven nos mira de arriba abajo. Nos da un distintivo donde sólo se nos permite acceder al hotel y nos lo vuelve a recordar, en caso que no leamos el aviso.

Nada más entrar vemos dos bancadas de chalets adosados con aparcamientos vacíos. Apenas hay un coche estacionado cada diez casas. En el ambiente se respira poca humanidad. Una señal con valla automática nos impide entrar en el conjunto de casas con el coche. Es privado. Los pocos habitantes que nos encontramos se mueven en los coches eléctricos del golf. Casi nadie usa su automóvil particular. Parece una urbanización fantasma, perfecta localización para una película de terror, de esas en las que los pocos humanos sobrevivientes se esconden de un virus que amenaza con convertirlos en zombis. En ese mar de cemento y concreto, las calles pierden su significado: farolas para iluminar el vacío, pasos de cebra sin nadie que cruce, rotondas sin nadie que las rodee…Imaginar el ambiente por la noche me produce escalofríos.

M.A.L.L me comenta que el Tribunal de Justicia de Cáceres les ha dado la razón a los ecologistas y ha declarado el proyecto de ilegal. Sin embargo, la empresa constructora ha apelado al Tribunal Supremo y ahora hay que esperar cuatro años hasta ver que dictan. En caso de ser ilegal, deberán deconstruir toda la urbanización y dejarla tal y como estaba antes de su construcción. Imagino que los propietarios de los apartamentos exigirían la devolución del dinero más una indemnización. Y con los tiempos que corren, la constructora se declararía insolvente.

En la recepción del hotel nos recibe una chica con acento extremeño. Quizás ella sea una habitante de alguno de los dos pueblos circundantes agraciada con el proyecto. Lo primero que nos pregunta es si jugamos al golf. Le decimos que no. Nos mira algo perpleja, como si no supiera cómo continuar su discurso. Cerca a la recepción hay una tienda de productos para el golf y varios maniquíes mirándonos divertidos. M.A.L.L nota el desconcierto y le dice que está buscando un deporte para su jubilación y el golf parece una buena opción. La joven recepcionista se emociona y retoma el hilo: “es un deporte maravilloso, muy cansado,…yo no lo juego pero eso es lo que me dicen”. Cogemos confianza y le preguntamos de donde es. Natural de Polonia, vive desde hace seis años en España y desde hace dos se ha trasladado a El Gordo. Admiramos su capacidad de absorber “loh acentoh”. En las paredes del hotel, reinan varios cuadros con palos y pelotas de golf pegados al lienzo con litros y litros de pintura. Bastante feos todos.

Caminamos hasta el embarcadero, una larga pasarela que te muestra los niveles en los que alguna vez estuvo el ya casi disecado embalse. Hay varios peces muertos, con el cuerpo inflado, y huele a podrido. Una capa de sedimentos verde, azul y gris se levanta de la tierra, la misma que flota en el agua de la orilla. M.A.L me cuenta que el bajo nivel del embalse hace que no haya oxígeno, que el agua se pudra y los peces mueran. Y hay que tener en cuenta que el Tajo es por donde Madrid tira de la cadena. Miro algunas unas pocas barcas estacionadas en el embarcadero, todas lanchas de lujo, limpias y elegantes. Bajo la superficie del alto standing hay restos de heces y peces enfermos.

Nos dirigimos al pueblo de Berrocalejo. Quiero verme con Laurent, otro personaje del documental, dueño de un bar. Al llegar veo que se han pintado las paredes de burdeos y han puesto cortinas, cuadros y adornos que lo hacen más hogareño. Es el primer cambio que veo en el pueblo. A mi lado veo a los mismos parroquianos que jugaban al ajedrez cuando fui a grabar el documental. Me atiende una chica joven que me cuenta que Laurent le vendió el bar hace un año. Dice que sigue viviendo en el pueblo, que ha sido padre de una niña y que trabajó un par de años en la isla pero ya no. Me pregunto en qué habría trabajado. Imagino que en la  construcción o el mantenimiento de infraestructuras. Mano de obra para usar y tirar.

Almorzamos un menú en el único restaurante de Berrocalejo. El dueño nos pide que le esperemos un momento mientras transcribe los platos en un papel a limpio. Es sábado y está claro que somos los únicos clientes del día. Tras la comida salimos a pasear. Las cigüeñas siguen parando en el campanario de la Iglesia. Es la hora de la siesta y las calles siguen igual de calladas, solitarias y desoladas a como las conocí. Parecen un reflejo de la urbanización. En vez de ser dos pueblos casi abandonados, ahora son tres. M.A.L.L me pregunta si realmente creo que el proyecto ha traído todas las ganancias que prometía. Me viene a la mente el final de Bienvenido Míster Marshall, cuando los habitantes ven cómo la promesa de enriquecimiento y desarrollo pasa de largo y cada uno vuelven a su  rutina.

Aqui os dejo La Isla, el cortometraje documental que dirigí, sobre la construcción de este proyecto y su impacto en la vida de dos pueblos de Extremadura.

Dirección y Producción: Luis Arenas

Cámara: Luis Azanza

Sonido y Música: Peter Memmer

Edición: Eduardo G.A. Palenque